Autora: Leila Al Shami  (publicado originalmente en su blog el 31/03/2015)

En 2011, el pueblo sirio, como parte de un levantamiento trasnacional que barría la región, se levantó en grandes números exigiendo la caída del régimen. Fue un levantamiento popular espontáneo, originado en las áreas urbanas y rurales desfavorecidas. Era la respuesta a décadas de dictadura, a un estado policial represivo, una élite mafiosa y a las políticas neoliberales del régimen baazista que habían empobrecido a grandes sectores de la población.

Era un movimiento sin líderes, que unía a la gente a través de las barreras de clase, etnia y religión. Hombres y mujeres jóvenes se organizaron de forma horizontal en los comités que florecieron en los pueblos y ciudades por todo el país para coordinar las protestas y las campañas de desobediencia civil y para enviar ayuda a las comunidades asediadas y bombardeadas. En los comités, lxs activistas trabajaban para coordinar las demandas de la revolución en el país – por la caída del régimen y por una transición hacia un estado civil democrático y no sectario. Pasado un tiempo, frente a una represión estatal salvaje en incremento, el pueblo se armó y se organizó en milicias populares para defender a lxs manifestantes y a sus comunidades de los ataques. En 2012, se desató un enfrentamiento militar entre, por un lado, una multitud de milicias populares vagamente agrupadas bajo la etiqueta de “Ejército Libre” y, por otro lado, el Estado.

Siria era la revolución más profunda de todos los países de la “Primavera Árabe”. A mediados de 2012, una mitad del país ya no estaba bajo el control del Estado. En las áreas liberadas y en las zonas autónomas recién creadas se establecieron asambleas locales (basadas en la visión del anarquista Omar Aziz) para administrar la vida, haciendo funcionar los servicios básicos como la educación, el suministro de agua, incluso cultivando sus propios alimentos. A través de las asambleas y los comités, la gente llevaría su propia administración en las zonas liberadas durante los siguientes cuatro años, expresando una solidaridad comunal de las maneras más creativas y prácticas. Este tipo de experimentos en organización autónoma quizás fuesen conducidos más por la necesidad que por ideología, pero fueron la evidencia de una transformación social importante que reconfiguraba las relaciones sociales más allá de la jerarquía y la dominación, hacia el empoderamiento de los individuos y las comunidades. Las energías que desató la revolución llevaron al surgimiento de cientos de organizaciones y campañas civiles y al florecimiento de una cultura por mucho tiempo reprimida (en las artes y en el debate crítico).

Pero como en otros lugares de la región, la contra-revolución fue muy fuerte. Assad echó mano de misiles balísticos, armas químicas y bombas de barril, principalmente atacando a la población civil en las áreas liberadas. A principios de 2015, más de 210.000 personas han sido asesinadas, y cuatro veces ese número han resultado heridas. Ciudades enteras han quedado en ruinas, casas, hospitales, escuelas y medios de vida destruidos. Más de 150.000 personas han sido encarceladas en las mazmorras de Assad, en su mayoría activistas que se opusieron pacíficamente al régimen. Miles han sido torturadas hasta la muerte. Alrededor de la mitad de la población ya no vive en sus propios hogares, siendo desplazados internos o habiendo escapado del país como refugiados. El 65% de la población vive en extrema pobreza y 650.000 están atrapados en áreas asediadas (como el campo de refugiados palestinos de Yarmouk), soportando la hambruna – parte de la política del régimen de “ríndete muere de hambre ”

Grupos totalitarios y extremistas como Daesh (el “Estado Islámico”) ganaron fuerza dentro del caos y comenzaron a tomar control sobre las áreas liberadas, atacando a los civiles revolucionarios y a las milicias del Ejército Libre y cometiendo abusos horrendos y ataques sectarios. Emergieron las bandas de criminales y especuladores. Siria se convirtió en el campo de batalla de guerras subsidiaria, de rivalidades entre suníes y chiitas, de intervenciones extranjeras. Las tropas iraníes y milicias chiitas apoyadas por Irán están ahora ocupando partes del país, sosteniendo al régimen. Extremistas suníes extranjeros (incluyendo colonos europeos) se unen al rebaño de Daesh. Este ha sido el precio de pedir libertad.

“Assad o quemamos el país”

Lo que ha ocurrido en Siria no ha tenido nada de inevitable. Aquellxs que apoyaron al régimen desde el principio dejaron claras sus intenciones, las escribieron sobre los muros por toda Siria: “Assad o quemamos el país”. Mientras Rusia e Irán daban apoyo económico y militar ilimitado al régimen para que aplastase a la oposición, el Ejército Libre de Siria democrático recibió muy poco en términos de armas o apoyo. El régimen liberó a los islamistas de las cárceles en 2011 (los cuales pasaron a liderar las principales brigadas islamistas) y recibieron apoyo (financiero y militar), principalmente de los estados del Golfo. Vinieron a dominar la escena militar. El sectarismo fue nutrido cuidadosamente por las estrategias del régimen y sus cálculos políticos – como enviar escuadrones de la muerte alauís a los barrios civiles suníes. Las élites de la oposición política en el exilio fueron secuestradas por la influencia occidental o del Golfo, y en cualquier caso nunca tuvieron una relevancia real sobre el terreno. Y lo peor de todo, lxs revolucionarixs civiles de Siria fueron abandonadxs, incluyendo buena parte de la izquierda internacional que lxs difamó, tomándolxs por necixs, jihadistas bárbaros o agentes de Occidente.

Una excepción han sido lxs kurdxs de Siria, que han atraído la solidaridad internacional por la revolución social ocurrida en Rojava y su valiente lucha contra los fascistas de Daesh. Aunque sea maravilloso ver esta solidaridad, es difícil de entender por qué se le ha dado apoyo a lxs kurdxs de Siria pero no a lxs árabes que también experimentaron con iniciativas de autogestión y que también han estado luchando contra Daesh (y contra el régimen, una batalla que lxs kurdxs generalmente han podido evitar). En cualquier caso, lxs revolucionarios de Siria, tanto árabes como kurdxs, reconocen la importancia de la lucha unida por la libertad de todo autoritarismo (el YPG kurdo y el Ejército Libre de Siria han unido fuerzas para luchar contra Daesh y han llevado a cabo muchas campañas en solidaridad mutua). Sin embargo, debe ejercerse la cautela a la hora de distinguir entre el apoyo al pueblo kurdo y el apoyo al PYD, el cual, a pesar de su declarado giro ideológico hacia el anarquismo, sigue siendo un partido altamente autoritario que tiene en este momento el control sobre toda la ayuda y el armamento en Rojava, el único partido al que se le permite organizar una milicia, y que lleva a cabo prácticas represivas sobre la oposición kurda en las áreas que controla, así como reclutamiento forzoso. Así que la pregunta debería ser cómo apoyar los experimentos de autogestión y la expansión de los ideales libertarios patrocinados en su retórica por el PYD, y no reforzar que un único partido político controle el poder.

Es difícil acabar con un comentario positivo sobre Siria. Muchxs de lxs revolucionarixs del inicio han sido asesinadxs, encarceladxs o han salido del país. Otrxs, exhaustxs, han abandonado la lucha, o han sido empujadxs al extremismo por las penurias sufridas. Pero aún hay muchxs tanto dentro como en el exilio que continúan trabajando por la libertad y la justicia social. Me gustaría animar a lxs anarquistxs a conocer y entrar en diálogo con lxs sirixs y apoyar a aquellxs que aún trabajan en los comités y las asambleas, apoyar las iniciativas humanitarias dentro de Siria y en los campos de refugiados, apoyar a lxs refugiadxs en sus propios países en Europa u otros lugares. Aprender sobre lo que está ocurriendo y trabajar para contrarrestar la propaganda y la difamación que se ha extendido a través de los medios de comunicación así como por aquellas secciones de la izquierda que se han convertido en apologistas del genocidio de Assad. Lo que parecía un momento de esperanza por todo el Medio Oriente y el norte de África en 2010 y 2011, se ha transformado en un periodo muy oscuro de la contra-revolución. La guerra y la lucha sectaria está haciendo explotar la región. Ahora más que nunca lxs activistxs necesitan de la solidaridad y el apoyo para continuar luchando por un futuro mejor.


Traducción: Elisa Marvena

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