Autora: Budour Hassan. Publicado originalmente en inglés en su blog el 19/05/2016
Traducido por Elena Cal Atán, Rafaela Apel y Mariana Morena.

582059_396650947065704_1113138623_n

El mundo gira alrededor de Palestina, o al menos eso pensaba yo hasta 2011.

La causa palestina, razonaba, era la prueba de fuego para el compromiso de cualquier persona con la libertad y la justicia. Palestina era la única brújula que debía guiar cualquier revolución árabe. Si un régimen debía ser juzgado como bueno o malo era, en primer lugar, en base a su postura respecto a la causa palestina. De alguna manera, todo acontecimiento debía observarse bajo el prisma palestino. El pueblo árabe nos ha fallado, y hemos inspirado al mundo entero con nuestra resistencia.

Sí, me consideraba una internacionalista. Reivindicaba ideales universales y humanistas. Repetía sin cansancio la necesidad de derribar las fronteras y agitar por una revolución socialista.

Pero entonces llegó Siria, y mi hipocresía y la fragilidad de esos ideales quedaron al descubierto.

Cuando escuché por primera vez al pueblo sirio de Daraa exigir la reforma del régimen el 18 de marzo de 2011, todo lo que se me ocurrió pensar, inconscientemente, fue: “Si el escenario egipcio sucede en Siria, va a ser un desastre para Palestina”.

No pensé en aquellos a quienes el régimen asesinó ese día. No pensé en los detenidos o torturados.

No pensé en la inevitable represión del régimen.

No celebré las increíblemente valientes protestas en Daraa con la misma euforia y el entusiasmo que sentí durante las revueltas de Túnez, Egipto, Bahrein, Yemen y Libia.

Sólo pude expresar un suspiro de desconfianza y miedo.

“Assad es un tirano y su régimen está descompuesto”, pensé, “pero las consecuencias de su caída podrían ser catastróficas para Palestina y la resistencia”. Ese eje sagrado de la resistencia significaba para mí, en aquel entonces, mucho más que las vidas de los sirios truncadas por sus defensores.

Yo era de aquellos cuyo corazón latía cuando Hassan Nasrallah aparecía en televisión. Seleccionaba un montón de videos de sus discursos en YouTube y me emocionaba escuchando canciones que glorificaban la resistencia y sus victorias.

Y mientras apoyaba en principio las demandas de los manifestantes sirios, lo hacía con reticencia y se trataba de un apoyo condicional. Ni siquiera era solidaridad, porque era egoísta y siempre focalizado en torno a Palestina.

Reenvié por twitter una publicación del blog de un activista egipcio donde pedía a los sirios que llevasen banderas palestinas, con el fin de “desenmascarar” la propaganda del régimen. El pueblo sirio salía a las calles en defensa de los mismos ideales universales que yo decía reivindicar, pero yo era incapaz de considerar su lucha fuera de mi estrecho prisma palestino. Me proclamaba internacionalista pero priorizaba los intereses palestinos sobre las víctimas sirias. Tomé parte descaradamente en las “olimpíadas del dolor” y me molestaba que el sufrimiento sirio ocupara más espacio en la prensa que el sufrimiento palestino. Era demasiado ingenua para darme cuenta de que ambos sufrimientos, el sirio y el palestino, eran apenas notas a pie de página y que en el lapso de pocos meses las noticias pronto se convertirían en demasiado rutinarias, opacas y sin valor para ser consumidas.

Afirmaba rechazar toda forma de opresión mientras esperaba que el jefe de una milicia sectaria dijese algo sobre Siria y hablara apasionadamente sobre Palestina.

La revolución siria me puso a prueba por traicionar mis principios. Pero en lugar de condenarme, me enseñó la lección de mi vida: una lección dada con gracia y dignidad.

Me la entregaron con amor los hombres y las mujeres que bailaban y cantaban en las calles, desafiando el puño de hierro con creatividad, negándose a rendirse cuando los perseguían las fuerzas de seguridad, convirtiendo las procesiones funerarias en marchas exuberantes por la libertad, repensando maneras de subvertir la censura del régimen; empleando políticas de masas en medio de un terror innombrable; exigiendo la unidad a pesar de las incitaciones sectarias; pronunciando el nombre de Palestina en numerosas protestas y llevando la bandera palestina sin necesitar que un bloguero egipcio famoso se lo solicitara.

Fue un proceso de aprendizaje gradual en el que tuve que lidiar con mis propios prejuicios sobre el “aspecto” que debía tener una revolución y cómo reaccionar ante un movimiento popular en contra de un régimen supuestamente pro-palestino. Traté desesperadamente de pasar por alto el horrible rostro bajo la máscara de la resistencia que lleva puesta Hezbollah, pero fue la revolución la que le arrancó esa máscara. Y no fue esa la única máscara desgarrada, le siguieron muchas más. Y ahora quedaron al descubierto los rostros reales de los autodenominados luchadores por la libertad y los izquierdistas de salón; y emergieron las largamente silenciadas voces sirias.

¿Cómo no dejarse inspirar por un pueblo que re-descubre sus voces, transformando canciones populares y cánticos de fútbol en lemas revolucionarios? ¿Cómo no sorprenderse ante la coreografía de las manifestaciones frente a los tanques?

La geografía siria era mucho más rica y diversa que la promovida por el régimen, y la narrativa oficial colapsó cuando los sirios de la periferia reconstruyeron su propia narrativa. El arcoiris sirio tenía muchos más colores que los permitidos por el régimen. Y los sirios podían elevar sus voces en lugares distintos a los estadios de fútbol, con su famoso canto victorioso en plazas públicas y calles, para maldecir a Hafez al-Assad, el “líder eterno”.

Si antes de 2011 sólo podía susurrarse temblando el nombre de Hafez al-Assad, al final la gente pudo gritar maldiciéndolo a él y a su hijo, sacudiendo, tanto material como simbólicamente, los cimientos de la hegemonía de su dinastía.

No pude permanecer neutral mientras los sirios redefinían lo posible y ensanchaban los límites del poder popular, aunque brevemente, durante esos primeros meses de fatídica esperanza.

¿Permanecer imparcial no habría implicado acaso traicionar todo aquello que afirmaba defender? ¿Cómo podría citar a Howard Zinn diciendo, “No se puede ser neutral en un tren en movimiento”, a los que permanecen pasivos sobre Palestina, mientras yo hacía lo mismo con Siria? La revolución siria derribó la valla que me contenía. Re-descubrí mi voz gracias a la movilización masiva de la que fui testigo en Siria. Escuchaba los clips de las protestas sirias, memorizaba sus consignas y las repetía en las protestas palestinas. Pensar en el coraje de los sirios inmediatamente reforzaba mi voz y me ayudaba a superar la más leve sensación de miedo. No elegimos la nación en la que nacemos, pero nada nos obliga a atarnos a sus cadenas.

Nadie me ha impuesto mi identidad siria, mi identificación con la revolución siria. Elegí adoptarla. Nunca puse un pie en Siria. No fue hasta 2013 que me encontré por primera vez en persona, cara a cara, con un sirio que no era de los Altos del Golán ocupado. La principal forma de conectarme con los sirios fue, y sigue siendo, a través de las redes sociales y Skype. Sin embargo, no pude evitar sentirme siria e identificarme totalmente con su lucha.

Hasta 2011, hablaba de derribar las fronteras y de solidaridad internacional, pero no dejaban de ser palabras bonitas, mera retórica. Gracias a la Revolución siria, al fin comprendí realmente lo que significa la solidaridad.

Siempre esperé que la gente apoyara la causa palestina sin imponer condiciones, sin predicar o sermonear, sin mandatos. Cuando estalló el levantamiento sirio, actué exactamente igual que esos predicadores de poltrona que exigen una revolución de los jazmines a los palestinos, preguntándonos constantemente por los nuevos Gandhi y Martin Luther King. Pero a medida que la revolución avanzaba, por fin pude comprender el verdadero significado de la solidaridad desde abajo, una solidaridad que es incondicional aunque también crítica. Descubrí a luchadores como el mártir Omar Aziz, quien impulsaba el auto-gobierno horizontal en algunos de los barrios más conservadores y tradicionales, y aprendí de su modelo.

13277896_290865167913580_1259650734_n

Aprendí el significado de la solidaridad comunitaria y de la unidad palestino-siria de los palestinos residentes en el campo de refugiados de Daraa: arriesgaban sus vidas para ingresar pan y medicinas de contrabando, rompiendo el asedio en la insurgente ciudad de Daraa. No fue sólo un acto humanitario; fue una declaración política y el comienzo de la formación de una identidad, la de los revolucionarios palestino-sirios.

Jaled Bakrawi, un refugiado palestino de Yarmouk, y Zaradasht Wanly, un joven sirio de Damasco, resultaron heridos por las fuerzas de ocupación israelíes durante las “marchas del regreso” a los Altos del Golán en 2011. Tanto a Jaled como a Zaradasht los asesinó el régimen sirio: Jaled murió bajo tortura, y Zaradasht, baleado en una manifestación pacífica.

Los sirios se manifestaron en solidaridad con Gaza en medio de los escombros de sus casas destruidas por los ataques aéreos del régimen sirio. La juventud revolucionaria siria levantó pancartas contra la limpieza étnica de los palestinos en el Naqab cuando la mayoría de los miembros del grupo estaban escondidos, encarcelados, exiliados o enterrados.

Así es la solidaridad de los oprimidos, llevada por los sirios de la retórica a la práctica. ¿Cómo no admirarlo?

Si la segunda Intifada en octubre de 2000 modeló la conciencia política y la identidad nacional de una niña de 11 años que acababa de salir de su pequeño pueblo para trasladarse a la ciudad, la primera oleada de la revolución siria en marzo de 2011 hizo renacer a una mujer dándole más confianza en su andar por Jerusalén. Jerusalén, mi ciudad, la que elegí como hogar, de ninguna manera podría ser liberada por los opresores de mi pueblo sirio. El espíritu de Jerusalén no puede ser secuestrado por los que bombardean un hospital que lleva su nombre.

Lejos de luchar por reconciliar mis identidades palestina y siria, el levantamiento sirio me comprometió todavía más con la lucha por la liberación palestina: la liberación de la tierra de sus ocupantes, y la liberación de la causa, de dictadores y oportunistas.

Y mientras me alejé de personas a las que antes consideraba compañeras por su apoyo al régimen sirio, también gané nuevas amistades para toda la vida, que han empapado mi mundo con calidez y fortaleza.

Le debo tanto a la revolución siria porque me re-creó. No tengo ni la posición, ni la presunción o voluntad de hablar en nombre de nadie, y mucho menos en nombre del pueblo palestino, pero quiero disculparme personalmente con el pueblo sirio. Nunca debí dudar de apoyar su legítima causa. Nunca debí dar prioridad a intereses geopolíticos sobre la vida de los sirios; y nunca debí dejarme engañar tan ingenuamente por la propaganda del Eje de la Resistencia.

Le debo una disculpa a un pueblo que, durante décadas, fue pisoteado, silenciado y humillado en el nombre de mi propia causa; a un pueblo cuyo único encuentro con “Palestina” era una prisión que llevaba este nombre; un pueblo que fue condenado y objeto de burla por ser tan dócil, aún cuando decidía ponerse de pie y fue abandonado.

Le debo una disculpa al pueblo al que se culpabiliza de un genocidio cometido en su contra, tal como hemos sido culpabilizados nosotros; y que han sido traicionados por una oposición con pretensiones de representarlo, como también lo hemos sido nosotros. Le debo una disculpa al pueblo al que cínicamente se le exige aportar una alternativa al régimen de Assad y los islamistas, mientras caen sobre sus cabezas las bombas y misiles . Esos mismos que se preguntan “¿Dónde está la alternativa?”, ignoran que los sirios dispuestos a ofrecer una visión progresista han sido o bien encarcelados, o asesinados o desplazados por el régimen.

Uno podría pensar que los palestinos conocen el cinismo detrás de la pregunta por las alternativas, que no le propondrían a otro pueblo oprimido que lucha por construir todo desde cero.

Sin embargo, a pesar de las contradicciones, palestinos y sirios comparten las mismas ansias de libertad, el mismo deseo ardiente de vivir con dignidad y el sueño de caminar por las calles de la Ciudad Vieja de Damasco y de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

El camino que hemos de recorrer para llegar allí, sin embargo, no es el que el régimen y Hezbolá han saturado de cadáveres sirios, sino el que allanarán con sus manos los luchadores por la libertad, palestinos y sirios: aquellos que saben que su libertad siempre es incompleta sin la libertad de sus hermanos y hermanas.

13239240_865421513587686_3117787942259706925_n.jpg
Budour Hassan es periodista, escritora y activista, radicada en Jerusalem.
Anuncios