LINA MOUNZER SOBRE LA URGENCIA DE CONTAR LAS HISTORIAS DEL CONFLICTO

Publicado originalmente en inglés en Literary Hub, el 6/10/2016

Autora: Lina Mounzer |   Traducción: Xili Fernández 

[Imagen: obra de Suhair Sibai]

 

En los últimos meses, he cambiado casas no menos de 35 veces.

He sido amenazada, golpeada, desnudada para ser registrada, lanzada en prisión, torturada y obligada a observar mientras mi madre se arrodillaba lloriqueando ante los sucios pies de líderes tribales para rogar por cualquier información sobre mi padre secuestrado. He esperado en incontables puestos de control, rezando para que nadie encuentre el pan, el dinero, los libros escolares, los chocolates que he escondido en mi bolso, en mi cuerpo, tratando de contrabandearlos para la gente en el otro lado. He enterrado a siete maridos, tres prometidos, quince hijos y una hija de dos semanas que finalmente acepté tener a los 42 años por el bien de mi marido, para traer vida a su lengua tras haber puesto a descansar a nuestros dos apuestos y crecidos hijos, uno tras otro, cuando el dolor se llevó todas sus palabras. Nuestra hija no murió por una bala o el proyectil de un mortero o un coche bomba, como mi padre, mi hermana, mi hermano, mi primo, mi madre, mi vecino, el farmaceuta, el profesor. Ella murió porque el asedio interrumpió no sólo nuestra comida y electricidad, sino también nuestras medicinas y suministros médicos. No había incubadoras en nuestra ciudad. Mi marido llevó apresurado su cuerpo asfixiándose lentamente de un hospital a otro hasta que finalmente encontró uno en el siguiente pueblo. La dejó allí con las enfermeras y regresó a casa al amanecer, exhausto pero alegre en su alivio. En la tarde regresó para traerla a casa, y fue dirigido lejos de la pequeña sala de pediatría, bajando hacia la morgue, donde su perfecto cuerpo azul reposaba entre incontables más para los que no habían encontrado suficiente espacio para enterrar. Su nombre era Fatma.

En los últimos meses, he visto arder mi ciudad, Maarrat al-Numan, he visto arder mi ciudad, Raqqa, he huido del creciente fanatismo de los rebeldes de Alepo, he huido del estrangulamiento del régimen en Alepo, he huido de Alepo a Turquía, he huido de Alepo a Líbano, he huido de Alepo sin saber si regresaré alguna vez, o lo que me encontraré si lo hago.

Todo esto lo he observado desde el salón de mi casa en Beirut. Sentada en un usado sofá gris con los audífonos puestos, tratando de bloquear los sonidos del metal que cortan en la construcción que hay debajo de mi ventana mientras traduzco historias del árabe al inglés para el Damascus Bureau, un proyecto del Institute for War and Peace Reporting.

Me encargaron traducir principalmente  esos mensajes enviados por mujeres, testimonios en primera persona de la vida bajo el asedio y la guerra, escritos para la sección del “blog de mujeres”.

Aunque ellas estén tan alejadas de lo que entendemos por “blog de mujeres” en términos de marketing como alejadas están hoy Raqqa de Beirut, la degradación y la fatiga de la espera en las fronteras y los puestos de control se deshicieron en la distancia física.

Las mujeres, las escritoras, oscilan en edades que van desde la adolescencia hasta los sesenta y setenta, vienen de todos los ámbitos de la vida, de todas las partes de Siria. Son profesoras, activistas, costureras, agricultoras, doctoras, paramédicas voluntarias, amas de casa, escritoras, aspirantes a escritora, estudiantes y revolucionarias.

Mientras mi cuerpo vibraba, bien por la destrucción del taladro de tierra o por la tensión de lo que leo, he sido testigo de sus marchas en las calles llamando al cambio, enterrando seres queridos, resucitando a extraños, desafiando a soldados y francotiradores, esperando en filas de pan, empacando sus vidas enteras en coches y furgones, sometiéndose a humillaciones diarias en los puestos de control camino a casa y al trabajo, a la universidad, los cuales  se han negado a abandonar o interrumpir.

Sin embargo, atestiguar me resulta una palabra demasiado pasiva Es una acción que es, en el fondo, inacción. Sus escritos están llenos de cruces; están constantemente atravesando fronteras tanto visibles como invisibles, y me hacen pensar sobre la que existe entre estos dos idiomas, árabe e inglés, cada uno un paisaje en sí mismo. También espero que lo que se me permite contrabandear sobreviva el viaje.

En árabe, la raíz del verbo atestiguar es sh-h-d. Las raíces son importantes en árabe. Están presentes, es decir, visibles y reconocibles, no son etimologías oscuras y cerradas, dando vida directamente a todas las palabras que brotan y se ramifican a partir de ellas. De un verbo con raíz de 3 letras, se forma un sujeto y un objeto, pero también adjetivos, adverbios y un gran sinfín de otros verbos, más complejos, sujetos y objetos relacionados con el primero. Incluso estas palabras – sujeto, verbo, objeto – están más directamente relacionadas en árabe. Traducidos literalmente, el sujeto es el hacedor, el verbo es el hacer, el objeto es a quien se le hace. En castellano, un escritor escribe un libro; una letra. En árabe, al-katib yaktubu kitab; maktoob. Todo proveniente de la raíz k-t-b, escribir.

De “atestiguar”, obtenemos shahed, el testigo; mashhad, el espectáculo o la escena, pero también shaheed, mártir; istishhad, ser martirizado, morir por una causa.

Como si el acto de ser testigo, seguido hasta el final de una de sus ramas, se rompiese bajo el peso de lo que está siendo visto, y caes en tu muerte. Como si morir por una causa en árabe fuese ser testigo de algo hasta que lo aniquila a uno mismo.

En las últimas noches he estado pegada a las noticias, incapaz de apagarlas. Siguiendo el progreso de las fuerzas kurdas mientras luchan contra combatientes de ISIS para sacarlos de Kobane. Durante los cafés y bebidas con amigos en nuestro abrevadero local en Beirut, repasamos titulares, posibilidades, proyecciones, intentando mantener el temblor de la esperanza fuera de nuestras voces y palabras. Incapaces de permitirnos creer que verdaderamente ya, después de todo lo vivido y lo visto, a la gente se le permitirá asumir sus destinos con sus propias manos sin interferencia externa que doblegue la situación a favor de una agenda política hegemónica. Y entonces se confirma: la batalla se ganó a nuestro favor. El enemigo ha sido expulsado de nuestro pueblo. El concejo municipal nos invita a reclamar nuestros hogares. Inmediatamente me meto en un autobús con mi madre y mis hermanas para el largo viaje de vuelta a nuestro pueblo, cantando y ululando durante todo el camino. En lo único que pienso es en mi diario, con todos los poemas que he escrito durante años. Dejado atrás durante el apuro de irme, lo he lamentado cada día desde entonces, maldiciéndome por haberlo olvidado. Subimos juntas la colina, la llave enterrada en el bolsillo de mi madre, que nunca salió de su bolsillo, volando la última mitad del kilómetro que queda sobre rocas escarpadas y grumos de tierra seca que alguna vez fueron huertos y campos. Veo a mi madre sacando la llave, lista para abrir la puerta, sólo para encontrarnos con una pila de escombros en donde alguna vez estuvo nuestra casa. Mi ropa, mi diario, mis bordados, nuestras fotos, fragmentos de nuestras preciadas tazas azules, molido todo en la tierra. Todo, todo, ha desaparecido.

En ese momento, dejo salir un sollozo, sin aliento y con angustia, parada en una colina en Tell Maarouf, en un salón en Beirut.

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“Transformation” de Fadia Afashe

Traducir un texto es entrar en la relación más íntima posible con el mismo. Es el cuerpo del traductor, casi más que la mente del traductor, el que se convierte en el buque de transferencia. La mente iguala palabras, expresiones, lidia con técnicas y logística; es dentro del cuerpo donde tiene lugar la verdadera alquimia – misteriosa, innombrable e inexplicable. Esa alquimia tiene que ver con la verdad más que con la significación, que es la fuerza animadora detrás de la significación, que la transforma en significado, en algo que se mueve. Gayarti Spivak califica el acto de la traducción como “erótico”, pero hay algo demasiado gentil en esa palabra para que me suene verdadera. La palabra captura el acto de entrega, y la abundante comunión física con el texto, pero hay algo más desordenado y sangriento que se omite. Más angustiado y angustioso también. Hay una violencia al deshacer las palabras de alguien y reconstituirlas en un vocabulario que les es extraño, un vocabulario de tu propia elección.  Hay una violencia, también, en la forma en la que – durante largos momentos – eres aniquilado por el otro; deshecho en retorno. Ni el traductor ni el texto emergen del acto ilesos.

Yo lloro mucho haciendo este trabajo. No es algo que pueda controlar. Cada vez que pienso que me he endurecido ante estas historias, un momento, una expresión, un detalle me lanzará fuera del andamio del lenguaje, lejos de la seguridad estructural de su gramática y sus reglas y de lleno a la jungla y más allá. Siempre hay algo inesperado, inimaginable, sin importar cuán acostumbrada piense que estoy a la narrativa de la pérdida y el desplazamiento y la violencia.

Cuando recibo uno de esos textos y me siento a leerlo, puedo verla, a la escritora, con toda claridad en el ojo de mi mente. Ella se mete en el mini-bus. Sale del taxi. Llama a los vecinos, preguntando cuándo vieron a su hermano por última vez. Estoy al tanto de que esta voz en primera persona es la suya, y en cómo la evoca de forma tan vívida como las imágenes que ella me muestra a través de sus ojos. Y luego me siento a trabajar, tomando sus palabras, su voz, de nuevo. Y dos cosas contradictorias se vuelven ciertas a la vez: que a pesar del hecho de que estoy intentando reproducir sus palabras lo más fielmente que puedo, ellas deben ahora resurgir en palabras que son inevitablemente mías. Y eso porque estoy intentando reproducir su voz tan fielmente como puedo, que ahora debe resurgir en una voz inevitablemente mía.

“Me meto en el mini-bus”, escribo. “Salgo del taxi”, y luego soy yo llamando a los vecinos, y estoy casi histérica de la preocupación mientras espero sus respuestas. En el considerado, deliberado acto de la traducción, estos “yo” chocan unos con otros una y otra vez hasta que accidentalmente se rompen, con las distintas piezas de estos yo mezclados convirtiéndose, durante largos instantes, en indistinguibles unas de otras. Luego, tratando de recogerlas y separarlas unas de otras, acabo con miles de cortes que puedo sentir cada vez que me muevo o respiro. Más tarde me doy cuenta de que hay una esquirla que olvidé remover, que entró en mis ojos y se alojó allí, cortando mi visión siempre, enterrándose en la forma y el contenido de mis memorias.

La traducción no se trata  sólo de la trasposición de palabras de un lenguaje a otro. Sino que es el trasplante de un sentimiento, una forma de ver el mundo, de un vocabulario de experiencia a otro. Pienso en el verbo trasplantar. Una planta de semillero de un suelo al otro. Pero también un órgano de cuerpo a cuerpo. El procedimiento tiene que ser delicado, consciente de las condiciones originales de la creación, para poder nutrir y asegurar una continuación de la vida.

En árabe, la palabra para la acción del trasplante es zare’. Simplemente plantar. No hay prefijo que implique movimiento de un lugar a otro, una advertencia incorporada de un posible rechazo. Sólo está la cosa en sí misma, plantada, como si el proceso de su vida comenzase de cero en este nuevo suelo, este nuevo cuerpo. Prefiero esta forma de pensar sobre las palabras traducidas, y la posibilidad de que ellas encuentren vida. Pero las condiciones de crecimiento, para su crecimiento, siguen siendo las mismas . Aún no hay garantías de que algo haga raíz, o de que el nuevo cuerpo no rechazará al nuevo órgano por venir de fuera.

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Obra de Khaled Akil

Cuando mi familia y yo nos arrastramos a Canadá, llevados por la gran ola de migración lejos de la guerra civil en Beirut, me di cuenta de que yo ya no podía desbloquear el baúl donde cargaba las palabras que explicaban de dónde venía, lo que había vivido. Cuando logré forzarlo para abrirlo, lo que encontré dentro estaba empapado, inútil. Las palabras estaban todas en otro idioma, extranjero a este nuevo suelo. Las traduje lo mejor que pude. Qazeefeh se convirtió en proyectil. Msalaheen se convirtió en milicianos, hombres armados. Hajez se convirtió en puesto de control. Malja’ se convirtió en refugio. Pero las nuevas palabras eran extrañamente ligeras. No cargaban el peso de lo que realmente habían significado. Qazeefeh era lacerante y caliente, terror abyecto, escapada por los pelos y golpes directos. Era suerte y mala suerte, fue lo que dejó al hijo del vecino con grumos derretidos por manos y lo que se llevó la escucha de uno de los oídos de mi abuela y lo que escapó a mi padre una y otra vez mientras cruzaba la frontera hacia Siria y regresaba durante cuatro largos años, camino al consulado canadiense, revisando el estatus de nuestros visados. Msalaheen eran aquellos que sostenían tu vida en sus manos cada vez que pasabas a través de un hajez hecho de sacos de arena, banderas milicianas e insignias ondeando en lo alto, los colores y las formas significando la diferencia entre amistoso y hostil, a veces entre vida y muerte. Msalaheen eran los que escudriñaban tus papeles y perforaban el interior del coche con ojos entrecerrados y predadores mientras que tu te empequeñecías todo lo que podías, tratando de pretender que no podías oler el hedor del miedo de tus padres.  Ellos eran los que mantenían seguro tu vecindario; los que hacían de tu vecindario un objetivo. Malja’ eran las largas noches sin dormir, el edificio entero hacinado en una sola sala bajo tierra sin aire, los olores vertiginosos del moho y los cuerpos de otra gente, escuchando cómo caen a tu alrededor qazeefeh tras qazeefeh, los ecos resonando en tu pecho tan íntimos y seguros como un latido. Pero malja’ también eran las noches sin fin de juegos de cartas y fiestas de pijama forzadas con amigos atrapados en tu casa durante la noche, viendo cómo el vecino anciano se sacude mientras ronca y conspirando robarle su dentadura postiza mientras duerme, tus risas apagadas por suerte por al sonido del tiroteo. Tiroteo que se convirtió en el término comodín para los M16, Kalashnikov, 120, B7, Grad, Doshka, Katyusha, 155, Hawen; mi habilidad para diferenciarlos por su sonido, ahora inútil.

Pero una vez que tenía traducidas las palabras, encontré que nadie quería escucharlas realmente, estar cerca de ellas. Eran ligeras en inglés, sí, pero también incómodas y enormes. Gigantes formas de espuma de poliestireno. Cuando las llevé conmigo al aula o a la casa de amigos nuevos, tenía que luchar para meterlas a través de la puerta. Su tamaño me empequeñecía, me dejaba fuera; todos miraban. Cuando trate de dejarlas, formaban una barrera, dejándome separada tan inconcebiblemente que se volvía imposible trepar por encima de ellas, para encontrar mi camino de vuelta al mundo de la escuela de danza y las salidas al centro comercial, los test de revista y las notas pasadas adelante y atrás sobre el chico que te gusta esta semana.

Entonces, para poder entrar, para convertirme en una entre muchos individuos que conformaban mi nuevo mundo, tuve que deshacerme de todo ese léxico, repudiarlo, como si fuese una especie de vergüenza.

Durante años escribí historias sobre Jennies y Alexes y Melissas, sobre sus infancias locales y sus decepciones privadas, sobre sueños y deseos movidos sólo por los remolinos de una historia personal, flotando sobre la resaca y los cambios de marea de una historia colectiva. Tratando de reescribir mi pasado en un esfuerzo por no tener que traducirlo.

Me había acostumbrado a sentirme ligera. No quería tener a mi país colgando alrededor de mi cuello como un peso que siempre tendría que cargar; incapaz de quitarlo de encima o bajarlo de allí. No quería ser abofeteada en el torbellino que surge de los encuentros violentos de dos corrientes, la personal y la histórica, perpetuamente succionada dentro del ojo del vórtice junto a los miles de miles de otros cuerpos llevados allí por las mismas aguas revueltas. Y todos a mi alrededor ahogándose: ¿cómo podría vivir con intentar salvarme sólo a mí misma?

También funciona al revés. Recuerdo cómo un estudiante en una de mis clases de escritura creativa entregó una vez una historia recreada en Beirut, sobre un estudiante universitario como él deseando a una chica que luego lo rechaza en favor de otro, más rico y más musculoso. Una historia que nos dijo estaba basada en hechos reales. Sus personajes se llamaban Damien, Samantha y Brad. No totalmente inauditos aquí, pero un grupo lo suficientemente extraño como para levantar alguna ceja. Mientras trabajábamos su historia con la clase, le pregunté por qué no los había llamado Salim o Dala o Bilal. Su nombre, después de todo, era claramente árabe.

“Pero señorita,” respondió, incrédulo. “No estoy escribiendo sobre la guerra y las bombas y la tragedia. ¿Por qué les daría esos nombres?”

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Obra de Rima Salamoun

Una bomba es una experiencia impactante. Incluso para el que siente que se ha acostumbrado a ello. Cada conmoción cardíaca  es una redefinición de todo lo que pensaste que entendías. No tiene nada que ver con el miedo. El miedo es algo a lo que te acostumbras, se vuelve la línea de base desde la que tu cuerpo opera. Tembloroso, animal, alerta. Incluso llegas, en la oscura malja’ de tu conciencia, a aceptar la idea de tu propia muerte. Pero la furia sin aliento de ser reducido a una insignificancia absoluta – cada bomba un apunte de esta idea – no es algo a lo que te acostumbres nunca. Porque no es sólo tu interioridad la que está bajo amenaza de aniquilación, sino todo el mundo alrededor que fundamenta su significado. Parques, escuelas, calles, amigos. Plazas, callejones, diarios, niños. Ríos, padres, árboles. Maridos, esposas, huertos. Fragmentos de celebración y alegría. Momentos de silencio y reposo. El gato acurrucado en la pared del jardín. Pilas de fotografías viejas, tu abuela parada rígida ante el camarógrafo en el primer sonrojo de su juventud. Las pinturas escogidas cuidadosamente y enmarcadas en la pared. Las plantas en latas de leche todas en fila, sus hojas enredadas en un solo follaje. Un huevo marrón en un plato azul una mañana temprano. Toda la gente, lugares y cosas de tu vida que has recopilado y apuntalado contra la nada, todo aplastado en un granuloso, monótono paisaje para la inhumana mirada desde arriba. Todo ello daño colateral.

El inglés es la lingua franca de los medios, y sin importar lo que yo sepa sobre poesía o ficción, que tiene espacio suficiente para abrazar lo extranjero, para romper la estructura de introducción-crisis-resolución que complace a la audiencia, soy consciente siempre de la narrativa que prevalece en los medios, porque es ahí donde nosotros, que no somos de la cultura predominante pero escribimos en su lenguaje, que siempre nos sentimos implicados en dos mundos, leemos más sobre nosotros mismos. Nosotros sabemos cómo el lenguaje puede ser usado para marcar el ritmo del tambor de guerra, reuniendo rangos sobre rangos de apoyo público. Sabemos cómo el lenguaje en sí mismo puede librar una guerra contra nosotros, imitando la misma deshumanización casual de una bomba. Todos aquellos a quienes conoces y amas: terroristas. Militantes. Objetivos estratégicos. Daño colateral. La nivelación de tu vecino: un error desafortunado. El arrasamiento de tu ciudad: los espasmos del nacimiento de un nuevo Medio Oriente. Siete muertos, veinte heridos. Cuarenta y un muertos, noventa y tres heridos. 1,2 millones de refugiados. 2.000 migrantes.

Se les exprime y despoja de toda vida para que quepan en un titular. Frases que se convierten en ataúdes demasiado pequeños para contener todas las multitudes del dolor.

El trauma, recreado en palabras: incontables particularidades aplastadas y vueltas añicos. En la narrativa mediatizada, tu individualidad, tu persona, no es un derecho que se te concede por la virtud de ser humano. Para convertirte en la historia digna de despliegue en los pequeños ataúdes de los medios de comunicación masivos, tienes que ganar tu individualidad elevándote por encima y fuera de la circunstancia colectiva, bien sea por la  excepcionalidad de tu vida o el espectáculo de tu muerte. Para que la historia termine, debes servir al propósito de la historia, no al revés. Como tal, las lecciones son aprendidas; las resoluciones alcanzadas; las audiencias consoladas.

Pero no hay resolución real para el trauma del colectivo. Sigue vivo en todas las historias que vas a contar a partir de ahora, en todas las historias que vas a transmitir a lo largo de la línea de la cultura, incluso cuando son sobre algo distinto. Remodela tu vocabulario. Se vuelve parte de tu lenguaje. Un barril nunca más volverá a ser un barril; la metralla siempre explotara desde él. La palabra mostaza cargará eternamente un olorcillo a gas, haciendo un sarpullido en tu piel, adoleciendo tus ojos. Cuando dices Sabra, o Shatila, no te refieres a un lugar, sino a una pila de cuerpos muertos disparados indiscriminadamente y echados a un lado como trapos gastados. Cuando dices la palabra catástrofe, nadie necesita preguntarte a cuál te refieres. Se trata de pueblos, ciudades al completo convertidas en tiempo pasado. Estas son las cosas que sólo pueden ser reproducidas, recitadas, re-imaginadas, pero nunca, nunca enterradas o resueltas. No hay final para la historia, sólo la historia.

Cuando escribo sobre la guerra, frecuentemente me pierdo ante cómo proceder. Quiero hacer el escrito lo más disonante posible, para recrear un sentido de disrupción, de ruptura esencial. Quiero hacer el escrito lo más discreto posible, para que se meta con facilidad en la mente, apacible y modesto, sin revelar que ha estado usando un chaleco de explosivos todo este tiempo. Pero éstas son cuestiones teóricas, cuestiones de técnica, y fundamentalmente son maneras de distanciarme de alguna forma de una herida abierta en el núcleo que pide y ruega ser contada, no importa cómo.

¿Pero contada a quien? ¿quién es el lector al que me dirijo cuando estoy escribiendo en inglés? No es mi lengua materna, aunque casi me siento en casa en ella, aunque la amo como si fuese la mía. Como cualquier lenguaje, sé que es una herramienta, tan disponible a la belleza cruda como lo es a la violencia hegemónica. Y se que la única manera de redimirla para todos nosotros a los que marginaliza es luchando por salir de esos márgenes e insistir en ser parte del texto. Pero mi inglés es una herida de guerra. Es el resultado de la asquerosa amputación de mi lengua materna. Porque fuimos forzados, o se nos permitió el privilegio de huir a una edad en la que estaba aprendiendo a usar mi voz sobre el papel. Pero es la herida de una guerra mucho más vieja que eso. Porque incluso antes de irnos, yo leía sobre todo en inglés, era alentada a leer más que nada en inglés, era elogiada por mi inglés, me decían, de mil formas, que era superior al árabe, más logrado, más inteligente, más dado a ser tomado en serio. Me ha tomado mucho tiempo darme el permiso de usarlo como quiero, de romperlo y retomarlo sin la secreta esperanza infantil de que el elogio más grande hacia mis escritos sea que sueno casi como un nativo.

Y me pregunto, ¿qué es lo que me trae al papel? ¿qué me trae de vuelta, una y otra vez, a la guerra, al lugar de esa herida y a la necesidad de intentar que tenga sentido a través del lenguaje? ¿es el deseo de conocer o el deseo de ser conocido?

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Obra de Fadi Zyada

Ahora estoy de vuelta a mi infancia, al mundo de malja’ y qazeefeh y msalaheen. Parando en hajez tras hajez. Aprendiendo los nombres de los muchos hawajez que infunden miedo en los corazones de los sirios. De la misma forma que Hajez el Berbara era famoso entre algunos libaneses – hablando de él como un temeroso portal con su propia lógica metafísica, dejándote atravesar y volver o tragándote y desapareciéndote – los sirios tienen a Hajez el Muqass, Hajez el-Conserwa, Hajez al-Khanaser e incontables, incontables más. Estos fueron alguna vez nombres de lugares comunes, plazas o calles o puentes cruzados sin segundos pensamientos, ahora convertidos en fronteras de otro mundo con esa obertura. El mundo en sí, un portal hacia lo inesperado.

Cada vez que me paro ante estos puestos de control llevo mi corazón en la boca como contrabando que se puede caer o ser aplastado o perdido en cualquier momento, sabiendo que pasaré, porque hay una historia en el otro lado de ese hajez, pero sin saber de qué forma; sin saber qué distorsiones producirá ese portal en mi cuerpo. A menudo me pregunto, mientras trabajo, si debería añadir un asterisco, una explicación, contexto, usar esas herramientas de traductor a mi disposición para ampliar el mundo más allá de la página. Para imprimir cierta urgencia; para explicar cómo objetos del día a día se vuelven siniestros o sinsentido o misteriosos durante la guerra.

Ventanas. Relojes. Espejos.

Una nota en la traducción: la guerra cambia las leyes de la física, doblando el tiempo y espacio a su voluntad.

A veces sí agrego notas, pequeños paréntesis que no son para nada verdaderas elucidaciones, para palabras con las que estoy familiarizada pero cuyas permutaciones se acumulan, y para otras, palabras nuevas, cuyo significado fue creado y destruido en el mismo momento por la explosión de la violencia.

Hisbah, por ejemplo. Calificada como (la policía religiosa de ISIS), a veces como (la policía moral de ISIS). ¿La palabra te genera el mismo miedo en el corazón que genera en el mío, lector te provoca el mismo disgusto que a mí que esos hombres hambrientos de carne se atrevan a invocar el nombre de Dios y su moral, el Dios al que he pasado toda mi vida sirviendo en mi corazón, vistiéndome modestamente para Él? ¿Se te enciende la misma rabia incandescente que a mí cuando miro a estos blasfemos de Libia, Túnez, Arabia Saudí, Líbano, Egipto, Pakistán y a veces Europa y Estados Unidos, arrebatar mi revolución, mi revolución de mis manos y usarla para azotar mi espalda? Yo, que estaba dispuesta a alienarme de mi familia para imprimir panfletos y distribuirlos, organizar concentraciones y aconsejar a la gente sobre la mejor forma para huir del gas lacrimógeno y las balas, desafiando incluso a hombres en mi celda que dijeron que la revolución no es lugar para las mujeres?

Shabbiha, por ejemplo. A veces dejada como está, pero en letra cursiva, puesto que son tan comunes al paisaje de la guerra siria, anteriores como son a la guerra siria. A veces calificados como (policía secreta), otras como (matones del régimen o colaboradores). ¿Los he descrito lo suficientemente bien como para que entiendas, lector, que son una cosa monstruosa que persigue y ensombrece, incluso cuando no puedo explicar la evocación fonética de la palabra shabah, fantasma? ¿cómo ellos son los perros infernales de Bashar al-Assad, decididos a destrozar tu vida a cambio de cualquier resto que su amo les lance? ¿cómo ellos son uno de los motivos por los que nos levantamos, y cómo descascar nuestro miedo hacia ellos para marchar en las calles con nuestras cabezas en alto y seguras, fue la primera revolución que promulgamos sobre nosotros mismos?

Cuando te digo como trafiqué chocolates lujosos y zapatos de moda a través de los puestos de control arriesgando mi vida, ¿estás decepcionado con nosotros por no ser prístinos en nuestro victimismo, o debo agregar una nota para explicar cómo incluso bajo asedio la gente prioriza el lujo sobre la necesidad para vivir, en vez de simplemente sobrevivir?

Cuando me escuchas decir, una y otra vez, “¡Alhamdulillah!” –“¡Alabado sea Dios!” – cuando escucho que mi hijo o mi esposo ha sido asesinado por un francotirador o un coche bomba o abandonado destripado junto a una carretera por los shabbiha (aunque ahora usamos la palabra martirizado para todos los muertos de la guerra, incluyendo hijas de dos semanas de edad que mueren por un asedio sobre suministros médicos), ¿me crees tan retorcida en la barbarie de mi religión desconcertante que puede que de verdad encuentre alegría en estas noticias, o debo agregar una nota para explicar que someterme a la voluntad de Dios es la única forma que tengo para no volverme completamente loca de dolor?

Cuando te digo como mi primo de nueve años fue martirizado en su primer día luchando en el frente, ¿crees que somos monstruosos por dejarle ir, o debo agregar una nota explicando cómo hemos aceptado que en la guerra el deseo de luchar y el esperado riesgo de muerte es algo que no respeta a la infancia?

Entiende al menos que el mero hecho de alzar mi voz para decirte estas cosas es un acto de confianza, o de fe en tu habilidad para entenderme. Y que yo, como traductora, debo como mínimo, respetar y reproducir la fe inherente a esas palabras. Para extirpar mi paranoia sobre el juicio que tiene el lector en inglés sobre todo mi trabajo. De esa forma, yo también aprendo que incluso cuando hablo de muerte y destrucción, cada palabra mía se convierte en una fuerza arrastrada contra esto apenas es escrita.

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Obra de Zuhair Hassib

A menudo me imagino a estas mujeres despertando un día y dándose cuenta de que esto es todo. El fin de este capítulo. Un día abren sus ojos tras haber parpadeado durante una noche insomne preocupándose por los futuros minutos, los futuros años, y deciden que cualquier apuesta que tomen para irse es mejor que cualquier apuesta por quedarse. Y entonces, en el tranquilo amanecer de una habitación, en el rugido a medianoche de bombas barril cayendo desde el cielo, empacan lo que no pueden imaginar dejar atrás. Ellas juntan a sus hijos y llaman a sus maridos, recogen a sus padres mayores y arreglan los bultos que lograron hacer, que pudieron hacer, apretados. Se van en tropel o en familias individuales, se van en pantuflas usadas, en tacones brillantes de moda, descalzas, apoyándose en bastones, apretando niños contra sus pechos. Dejan atrás sus casas, sus calles, sus ciudades, sus países, sus muertos. Y salen ahí fuera hacia lo desconocido, cargando con la memoria de todo lo que han dejado atrás en sus corazones y en sus lenguas, incluso si no cargan nada más. Estas resucitarán en historias y estas historias serán transmitidas y así sobrevivirán. Esto es lo que cargan, esto es lo que soportan. Están siendo testigos.

Y nosotros que escuchamos sus historias también somos testigos. Cargando algo cuyo significado no puede ser descrito a través del lenguaje, pero que sin embargo, debe ser contenido en él.

Una amiga periodista me cuenta sobre su estancia en Grecia, reportando sobre la llegada de refugiados a Lesbos, alzándose desde el mar resucitados y, como Lázaro, irrevocablemente transformados por la muerte. En la parte trasera de los camiones que dan vueltas alrededor del pueblo está la palabra “metaphoros”. Un conocido griego le explica que esta palabra significa transporte, y ella queda impresionada, como me impresionó a mí cuando ella me lo contó. Cómo regresar a las raíces del lenguaje puede revelar algo esencial sobre el propósito de una palabra. Cómo las historias pueden verse transformadas y disfrazadas para atravesar el mundo con más facilidad, contrabandeando la misma verdad. Y cómo la metáfora perfecta para la escritura y la lectura, y el atestiguamiento que implica ejecutar cada una de esas acciones, es su traducción, específicamente desde su raíz latina: atravesar, llevar consigo. Porque estos actos requieren una forma activa de compromiso que es, paradójicamente al mismo tiempo, una forma activa de rendición. Debes soportar las palabras, sin importar lo pesadas o extranjeras o grotescas o extrañas, debes soportarlas con su peso al completo y permitir que te transporten a donde te quieran llevar, que te transporten tan lejos en ti mismo que finalmente acabes emergiendo en un entendimiento más allá. Más allá del yo, más allá del lenguaje. Un lugar en el que puedas, durante momentos eternos, imaginarte que te has convertido en alguien enteramente distinto, y emerger transformado, soportando contigo y hacia el mundo el conocimiento de que dicho lugar existe, de que dicha metamorfosis es posible. No estoy completamente segura de cómo una hace esto. No existen mapas para esos territorios que se encuentran más allá de las fronteras de que lo explícitamente sonoro. Pero sí sé que la única forma de evaluar lo que debe ser transportado y cómo, lo que puede ser sacrificado o modificado y lo que no puede ser perdido cueste lo que cueste, es viajar a través de esa frontera.

La traducción es un acto simbiótico. Entre escritor y traductor, por supuesto, pero también entre lenguajes. Convirtiéndose en su velero, transportas algo de ti mismo pero también algo del lenguaje original, porque es así como funciona el lenguaje. Es una herencia común, pero también es algo enteramente individual, enteramente propio. Y es eso lo que le da esa posibilidad transformativa: esa mezcla inevitable entre el yo y el otro, el yo y la cultura, la historia personal y la historia colectiva. El lenguaje le da al individuo el poder y la fuerza del colectivo. Y escribir, hablar, contar historias –empuñando el lenguaje en forma narrativa- tiene la habilidad de transformar al colectivo mediante la experiencia individual. Llevar consigo lo que es sentido, experimentado, vocalizado –con el propósito de atestiguar y ser atestiguado- es una y otra vez la declaración de un entendimiento singular de lo que significa estar vivo en el mundo. Esto abre nuevos espacios, nuevas posibilidades imaginadas, y éstos, mediante el lenguaje, se vuelven parte de la herencia común.

Es la mejor forma de resistencia que puedo imaginar para un mundo marcado con prohibiciones, fronteras categóricas. Entre el yo y el otro, entre de donde vienes y donde terminas, entre la narrativa personal y la historia colectiva, entre géneros y culturas y lenguajes y países y llamadas similares a la dignidad y al reconocimiento contenido en esas historias. La única forma de hacer que esas fronteras pierdan sentido es seguir insistiendo en atravesarlas: como un refugiado, sin papeles, sin esperar a ser autorizado, sin consideración de lo que espera al otro lado. Porque al cruzar una frontera estás afirmando no sólo su permeabilidad, sino que también cambias el paisaje en ambos lados. Atraviesas llevando lo que puedes llevar, atraviesas atestiguando, atraviesas sabiendo que eres frágil, que eres mortal y finito, pero el lenguaje es memoria, y la memoria perdura.

Istishhad: ser martirizado; morir por una causa.

Es una palabra especialmente difícil de traducir, porque ha sido tan dañada por la sangre y la violencia, tan desfigurada por el fanatismo y la malicia. Es una palabra que ha sido arrancada de sus raíces, por aquellos que la conectan a algo tan emblemático como lo que significa ser humano, para ser conducido siempre por los deseos gemelos de desear conocer y desear ser conocido.

Su raíz: sh-h-d, testigo. En su forma más literal, istishhad significa de hecho: haber sido atestiguado. Atestiguado por Dios, que no es sino, simbólicamente, el lector omnisciente –y el escritor- de la condición humana. Ser atestiguado es lo que le da significado a la vida de uno; es lo que le da una causa a la muerte.

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“Shadows” de Helen Abbas

Y sin embargo, a pesar de todo esto, hay veces en las que me siento exprimida. Cuando me pregunto si puede haber algún consuelo en la exultación de nuestra habilidad colectiva de usar el lenguaje para curar y hacer puentes y reparar ante tantas rupturas violentas del significado. ¿Cuál es el uso de tal consuelo abstracto frente a las realidades duras y físicas del hambre, del miedo, de ser forzado a huir de casa, de ser incapaz de huir de casa, de ser una adolescente que baja al sótano a buscar sus pijamas y es atrapada por una lluvia de balas de francotirador mientras su padre y yo observamos sin poder hacer nada desde arriba, incapaces de sacarla del peligro?

“En unos minutos”, escribe ella, “las balas dejaron de caer y mi padre bajó y me cargó a casa. Dos balas habían penetrado mi pie y tenía heridas de metralla en todo mi cuerpo. Cuando vi todos los rostros a mi alrededor y todas sus lágrimas cayendo, trate de consolarlos.

‘No lloren’, dije. ‘Estoy viva, viva, viva’”.

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