En marzo de 2011, en la ciudad de Daraa en el sur de Siria, un grupo de niños se atrevió a hacer unas pintadas contra el régimen. A consecuencia de ello, fueron detenidos y salvajemente torturados por las fuerzas de seguridad de Bashar al-Assad.  

Plataforma de Solidaridad con el Pueblo Sirio (Madrid)

La desmesurada reacción contra los niños de Daraa desencadenó la primera manifestación masiva contra el régimen sirio, a la que sucedieron decenas de protestas por todo el país.

Una manifestación que empezó como un grito de indignación contra un régimen dictatorial se convirtió en la chispa de una de las revoluciones más dramáticas y sangrientas de las últimas décadas. Una revolución que marcará por décadas y décadas a toda la humanidad, nacida como un episodio más de una ola internacional de luchas y revoluciones que se expandieron por todo el Norte de África y el Oriente Medio.

La salvaje represión de la revolución y la posterior guerra civil siria se han cobrado la vida de más de 500.000 personas y han provocado que más de diez millones de seres humanos sean hoy desplazados internos o refugiados fuera de las fronteras del país. El número de sirios en situación de pobreza extrema supera los doce millones y el desempleo en el país alcanza el 70% de la población.

Según distintas organizaciones de derechos humanos, en las cárceles sirias hay más de 300.000 presas y presos políticos. Presos que se ven sometidos a torturas, violaciones y todo tipo de maltratos y vejaciones por el mero hecho de haber alzado la voz contra una dictadura que está en el poder desde hace más de cuatro décadas, y que controla las instituciones y la riqueza del país de forma abusiva y autoritaria. Un buen ejemplo de ello es que muchos de los detenidos ni siquiera participaron en las protestas, sino que son familiares de activistas que el régimen utiliza para presionar a los opositores para que dejen su actividad o se entreguen. Es por ello que muchos activistas o desertores del ejército se preocuparon de poner a sus familias a salvo para evitar situaciones similares.

La libertad de los presos políticos, el derecho a que las organizaciones civiles (prácticamente inexistentes antes de 2011) puedan operar libremente, así como la unificación de los grupos opositores a Bashar al-Assad se han convertido últimamente en las demandas más escuchadas en las manifestaciones que siguen ocurriendo en Siria.

Observamos consternados una nueva conferencia de Ginebra abocada al fracaso, a la que seguramente sucederán otras igual de inútiles. Todas las conferencias internacionales organizadas por unas inefectivas Naciones Unidas han fracasado por un motivo muy sencillo: nunca se tuvo en consideración las aspiraciones de paz, justicia y libertad del pueblo sirio y siempre se ha tenido como interlocutor primordial el responsable mismo de más del 90% de las muertes en el país. El hipócrita genocida que responde por el nombre de Bashar al-Assad, cuyo único deseo es perpetuarse en el poder, aunque sea sobre escombros.

Mientras tienen lugar las supuestas “conferencias de paz”, en las que los que se han erigido como responsables de la delegación opositora son en realidad fuerzas que oprimen a los activistas, como el Ejército del Islam, la dictadura siria, apoyada por la aviación rusa y las milicias iraníes, bombardean despiadadamente zonas residenciales. Sus blancos preferidos son los hospitales, escuelas y otros espacios públicos como mercados y plazas. Lo hemos visto en Homs, en Alepo, en Idleb y recientemente en zonas que se acercan peligrosamente al centro de Damasco también, como el barrio de Tishreen.

Otro de los problemas más dramáticos a los que se enfrenta hoy Siria es el desplazamiento forzado de centenares de miles de personas, obligadas por el régimen a abandonar sus casas y pertenencias, y a mudarse a otras zonas del país, obligados a escoger entre dos opciones poco halagüeñas. Por un lado, el territorio controlado por el régimen y la posibilidad de “desaparecer” en una cárcel; por otro, la región de Idleb, controlada por las fuerzas opositoras menos democráticas y donde se pueden repetir situaciones similares a las que se han vivido en otras zonas asediadas.

En este sentido, se puede afirmar con rotundidad que el régimen está reconquistando territorio a través del éxodo forzado de una población civil de la que nunca tendrá el consentimiento para gobernar.

Por otra parte, cabe resaltar que en Siria se está produciendo actualmente la mayor intervención militar extranjera de los últimos tiempos. Más de diez potencias mundiales y regionales intervienen abiertamente en el país. Rusia está bombardeando zonas rebeldes, controladas por la oposición a Bashar al-Assad, desde hace más de un año. EEUU acaba de anunciar el envío de tropas para supuestamente luchar contra el autodenominado “Estado Islámico”. Los “efectos colaterales” de la lucha contra el Daesh han sido la muerte de miles de civiles y el apuntalamiento del régimen de Bachar Al-Assad”.

En lo referente a intervinientes directos en el conflicto, Irán tiene desplegadas numerosas milicias en el país, mientras que Arabia Saudí, Turquía y Qatar financian a grupos afines a sus ideología e intereses. A todos estos actores les une un mismo objetivo, aunque muchas veces estén alineados en campos militares opuestos: derrotar el levantamiento popular pacífico iniciado en marzo de 2011.

La política del nuevo presidente de EEUU, Donald Trump, que en el fondo no se diferencia tanto de la de Obama, y su posible colaboración con Rusia -interviniente directo en el conflicto y responsable del bombardeo de varios hospitales-, profundizará aún más la crisis humanitaria en el país. En este sentido, no podemos más que estar en contra de cualquier intervención militar extranjera en Siria.

La Unión Europea también es cómplice del genocidio sirio, al mantener relaciones políticas con el régimen sirio, imponer un embargo de armas a los grupos opositores y aplicar una política migratoria totalmente restrictiva e insuficiente. Su gran objetivo es cesar el flujo de migrantes sirios y de otros países y para ello levantan muros, aumentan los controles migratorios y firman el acuerdo de la vergüenza con Turquía.

Aunque muchos insistan en querer convertir la revolución siria en una “conspiración” contra un gobierno legítimo, la realidad muestra que nunca antes en la historia del país se formaron tantos grupos e iniciativas civiles de todos los matices y colores. Periódicos independientes, Comités Locales, grupos de rescate civil -como los Cascos Blancos-, asociaciones de mujeres, grupos de poesía, y un largo etcétera conforman un esperanzador panorama para el futuro, que aún se muestra gris.

La revolución siria sigue viva y desde la Puerta del Sol en Madrid queremos hacer nuestro el grito de “el pueblo quiere derrocar al régimen” y “viva la revolución siria”, tantas veces repetido en las manifestaciones en Siria. También queremos decir que no hay salida para la actual situación en el país mientras siga en el poder quien pasará a la historia como el mayor tirano y genocida del siglo XXI.

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