[Presentación del libro “Burning Country: Syrians in Revolution and War”, de Robin Yassin-Kassab y Leila al-Shami (Pluto Press 2016), en la Universidad de Sussex.]

Autor: Joe Gill   |   Traducción publicada en Rebelión por Sinfo Fernández

Publicación original en MiddleEastEye el 4/03/2016

El proyector de la sala de conferencias de la Universidad de Sussex iba mostrando algo que no tenía mucho que ver con el tranquilo entorno académico: un grupo de asediados revolucionarios sirios, dirigidos por el ex-portero de fútbol convertido en icono rebelde Abdel Baset Sarrout, cantaban a su amada ciudad de Homs:

Oh, nación de batallas, suficientes lágrimas derramaste ya

No estés triste, hacia el cielo voy con mi familia

Grito y lloro por los fallecidos

Juro por mi Dios y el vuestro que volveremos a ti

Respondedles, oh revolucionarios, y decidles

Que los habitantes de Homs son héroes, que esta es su tumba.

A diferencia de los hombres de Homs que aparecían en la pantalla detrás de él, al escritor sirio-escocés Yassin-Kassab se le veía desesperado respecto a la guerra en Siria. Pocas esperanzas tenía en el alto el fuego acordado entre EE.UU. y Rusia que entraba en vigor esa misma noche. Meses de bombardeos rusos habían servido para ayudar al ejército sirio y a sus aliados de las milicias chiíes iraníes a hacer retroceder a los rebeldes en los alrededores de Alepo y otros frentes.

Ante el repleto auditorio, el autor y escritor del Guardian explicó que cuando vivía en Siria antes de la revolución no se había involucrado en el activismo clandestino que después surgiría como movimiento por el cambio democrático. “Me quedé al margen”, dijo.

La coautora de Burning Country, Leila al-Shami, una bloguera anarquista siria, trabajó en Damasco con la valiente abogada por los derechos humanos Razan Zeitouneh, secuestrada en diciembre de 2013, posiblemente por algún señor local de la guerra y está desde entonces desaparecida. El libro está dedicado a ella. Zeitouneh era una de las activistas de los Comités de Coordinación Local (CCL) de la revolución, cuyo incansable trabajo en las zonas liberadas constituye para los autores la personificación del “milagro” que el mundo no sabe ver en Siria.

Los CCL asumieron los servicios locales allá donde el gobierno estaba ausente, organizaron la distribución de alimentos y la educación de los niños en sótanos, incluso cuando caían las bombas del régimen. En esencia, los CCL y los nuevos consejos democráticamente organizados constituían el embrión de una nueva forma de política y sociedad que se iniciaba tras décadas de dictadura aun cuando las fuerzas de Asad trataran de aplastarlos.

El libro, además de ser un relato no ortodoxo del conflicto desde el punto de vista de los activistas y los combatientes que tomaron parte en la revolución, habla también de la confusión y reticencia de los progresistas de Occidente a comprometerse con la realidad de Siria. “Lo que está sucediendo tiene una enorme importancia humana y cultural no sólo para Siria y Oriente Medio sino para el mundo entero. En realidad vivimos una época de revoluciones muy caóticas”, dice Yassin-Kassab.

Las sospechas de Occidente respecto a los islámicos de cualquier matiz ponen de manifiesto que la forma en que se percibe la revolución siria les lleva a conclusiones potencialmente desastrosas sobre cómo debe ponerse fin a la guerra. “Hay una gama inmensa de combatientes islámicos e islamistas, no estamos en absoluto de acuerdo con ellos, sin embargo están ahí. Algunos son extranjeros y criminales, pero otros son sirios y representan a un electorado”, dijo Yassin-Kassab.

A finales de 2013 y desde luego en 2015, surgió un consenso en Occidente, por no hablar de los países del Golfo y Turquía, de que ya no quedaban sobre el terreno fuerzas de oposición honestas que pudieran tomar las riendas del país cuando cayera Asad.

Las revoluciones árabes, como no se ajustan a la tradicional narrativa marxista o anticolonial de las luchas de liberación y en el caso de Siria y Libia se las clasificó diciendo que iban contra regímenes “nominalmente antiimperialistas”, han sido también incomprendidas o incluso descritas de forma obstinadamente errónea por los izquierdistas de Occidente, según al-Shami y Yassin-Kassab. “En realidad, como consecuencia de todo esto, no soy capaz de apreciar diferencias entre la izquierda y la derecha respecto a Siria. En los círculos izquierdistas de Occidente se ignora todo sobre el movimiento revolucionario sirio. Para eso hay que ir a las bases y ver lo que realmente piensa y siente la gente”. Sin este enfoque de abajo a arriba, dice el autor, la gente de fuera está “abierta a la primera narrativa propagandística que se les presente”.

El libro no pretende ser objetivo respecto a los acontecimientos en Siria. “Estamos del lado de la revolución democrática y de los grupos de activistas auto-organizados que son revolucionarios”, dice Yassin-Qassab, corrector habitual del Guardian y autor de la novela sobre la diáspora árabe The Road to Damascus.

El gobierno de Asad y sus partidarios han mantenido siempre que la oposición está integrada por todo un surtido de terroristas armados financiados por una conspiración externa en la que están implicados EE.UU., Arabia Saudí, Turquía y Qatar. Desde luego que es verdad que todas esas potencias quieren que Asad se vaya. Pero Burning Country intenta demostrar que la narrativa de Asad es falsa.

El sectarismo y naturaleza poscolonial de Siria, una nación forjada cuando en 1920 Francia y Gran Bretaña seccionaron Bilad al-Sham [la Gran Siria], ofrecen pistas de la mentalidad histórica que originó el régimen de los Asad. El autor señala la creación de un “ejército de minorías como táctica del divide y vencerás” por parte de las autoridades coloniales francesas tras la I Guerra Mundial. Fue a partir de esa “ingeniería sectaria” cuando apareció por vez primera la posición dominante de los anteriormente empobrecidos y marginados alauíes, que llevó finalmente al triunfo de Hafez al-Asad, un oficial que fue ascendiendo en la política poscolonial a través de las filas de la fuerza aérea.

Debería recordarse que el liderazgo alauí, del que los Asad formaban parte, temía la partida de los franceses en la década de 1940 porque les habían dado un nuevo rol que no querían perder. El temor a la mayoría sunní ha sido uno de los hilos que han conformado el tejido del Estado baazista y puede ayudarnos a comprender lo ocurrido en Siria desde 2011.

Los primeros capítulos del libro abordan la historia de Siria y el ascenso de los Asad y de las esperanzas de reformas en los primeros años de la presidencia de Bashar al-Asad después del 2000. Alejándose del socialismo de Estado de su padre, con sus subsidios a los alimentos y combustibles y expansión del sector estatal, dio paso a un flagrante capitalismo de compinches. Los apoyos sociales a los sirios pobres iban reduciéndose mientras los personajes del régimen eran cada vez más ricos. El primo de Asad, Rami Makhlouf, “pasó enseguida a controlar el 60% de la economía”, explicó Yassin-Kassab. Es bien sabido que Makhlouf tiene la propiedad de la red de telecomunicaciones privadas de Siria, SyriaTel, por un valor de 5.000 millones de dólares.

“La gente había sido tolerante con la situación pero su seguridad vital estaba en peligro… Asad era popular a nivel personal, el régimen no”. El contrato social entre los Asad y la población fue tensándose hasta el límite. Después, un vendedor ambulante tunecino se prendió fuego y ese fuego se extendió por Egipto, Libia, Yemen y Siria.

La popularidad personal de Asad llevó al principio a confiar en que el presidente respondería ante las protestas reformando el sistema e incluso apoyando las demandas de cambio. En un discurso muy esperado del 30 de marzo, Asad, en medio de muchas risitas nerviosas, truncó todas esas ilusiones describiendo las protestas como una conspiración dirigida contra toda Siria, mientras sus seguidores gritaban su nombre.

El libro se sumerge en los emocionantes primeros días del movimiento de protesta. Por vez primera, miles de personas se sacudían el miedo y encontraban su voz en medio del “reino del silencio” de los Asad. Una vez liberada esa voz, fue imposible encerrar de nuevo la energía de los jóvenes recién movilizados que no estaban vinculados con los tradicionales partidos políticos, en su mayoría cooptados o exiliados en el extranjero.

“La libertad es como un imán, atrae a la gente que lleva demasiado tiempo siendo silenciada”, explica un testigo de las protestas masivas en Homs. “Ahora disponíamos de la posibilidad de… gritar en la cara del represor, de sacar a la luz todas las identidades que tuvieron que esconderse ante un puño de hierro”.

Cinco años después, se ha olvidado fácilmente algo que los testimonios personales incluidos en Burning Country dejan muy claro: en los primeros días de 2011, antes de que la narrativa sectaria y las tácticas de terror del régimen arraigaran, se desató un movimiento no sectario a favor del cambio pacífico. El gobierno temía más a este movimiento que a cualquier milicia o grupo terrorista.

A través de diversos testimonios vamos entrando en la atormentada etapa de los manifestantes abatidos, de la primera de las masacres de los shabiha, de los cuerpos de los niños devueltos mutilados a sus familiares y de la inevitabilidad de la insurrección armada, de la que muchos de los activistas no violentos sentían ya entonces que podría fracasar. Yassin-Kassab rechaza la idea de que quienes cogieron las armas tuvieran otra “opción”. La brutal violencia de la represión negó cualquier otra posibilidad. La única opción era combatir o escapar.

Sin embargo, los activistas sabían que una vez que la iniciativa estuviera en manos de las milicias armadas, el espíritu inicial de la revolución, democrática y no sectaria, quedaría eclipsado por la ideología islamista apoyada por las potencias regionales. Y así sucedió.

Como en 2012 se produjeron matanzas en todas las sectas, las minorías alauí y cristiana se aferraron al régimen. “¿Por qué la mayoría de los alauíes se pegaron a Asad? Los alauíes son seres humanos como cualquier otro. Aparte de uno o dos psicópatas que disfrutaban con la violencia, estaban aterrados”, decía el autor, y a través de una serie de manipuladas masacres sectarias, “se habían involucrado en los crímenes del régimen” y temían que les mataran.

Y aun así, los autores se oponen vehementemente a la idea, popular en Occidente, de que no quedan sirios que puedan legítimamente decir algo sobre el futuro de su país. Que la guerra es simplemente un conflicto geopolítico por delegación en la que hay implicadas varias potencias y fuerzas regionales aliadas de las milicias étnicas e islamistas locales.

Rechazan también el punto de vista dominante en Occidente sobre la izquierda y la derecha, de que hay que elegir entre Asad y Al-Nusra/Estado Islámico y que debemos tomar partido por uno u otro. De que el hombre vestido de traje, a pesar de tener sobre sus manos la sangre de innumerables compatriotas sirios, es la mejor y única opción.

Quizá una de las acusaciones más condenatorias del libro sea la dirigida contra la cínica política presuntamente “realista” sobre Siria del presidente Obama, que apoyó al Ejército Libre Sirio pero sólo con el armamento necesario para mantener la lucha en marcha sin amenazar jamás, en todo caso, con inclinar la balanza de forma decisiva. Tan pronto como los rebeldes consiguieron avanzar, las armas se agotaron, escriben los autores. Cuando las fuerzas de Asad avanzaron, de nuevo hubo armas disponibles. Este giro en la guerra parecía irle bien a Washington aunque Siria se convirtiera en un montón de escombros. Desde la operación de conmoción y pavor de Bush en Iraq, llegamos a la guerra de adelante y atrás de Obama en Siria, con su enfoque en el Estado Islámico mientras ignora el papel del régimen en la creación de las condiciones para que florezcan los militantes extremistas.

EE.UU. quería quitar al mascarón de proa aunque conservando el régimen y al hacerlo así evitar el desastre de Iraq causado por el desmantelamiento del Estado provocado por el secretario de defensa de Bush, Donald Rumsfeld. Y sin embargo, al rechazar la doctrina de Bush y empujar a sus aliados “moderados” carentes de armas en brazos de Nusra y Ahrar al-Sham, la doctrina de Obama ayudó a crear un escenario de pesadilla con la entrada del Estado Islámico a través de Iraq.

Por supuesto, nadie puede pretender que las opciones de Occidente eran fáciles. Los llamamientos de los activistas y de los saudíes para que se proporcionara a los rebeldes armamento antiaéreo tienen sentido cuando te encuentras bajo las bombas de barril, hasta que recuerdas lo que sucedió con el equipamiento estadounidense en Iraq en 2014, e imaginas al EI dirigiendo esos misiles contra la aviación civil (hay firmes pruebas que sugieren que fue esto lo que sucedió en 1996, cuando un misil tierra-aire estadounidense entregado a los combatientes bosnios vinculados con al-Qaida alcanzó al avión TWA 800 en el estado de Nueva York).

En su conclusión, los autores se desesperan ante la visión del mundo procedente de la era bipolar de la Guerra Fría, en función de la cual el régimen de Asad es parte del campo de la resistencia ante la hegemonía de EE.UU. junto con sus aliados Rusia e Irán. Según esa lectura, “el Estado sirio (y no el pueblo sirio) es el indefenso.”

Señalan que la narrativa de la resistencia utilizada por el régimen, con bases militares fuera de cada ciudad supuestamente para defenderse contra la agresión israelí hasta que durante la guerra contrarrevolucionaria se ha ido revelando su verdadera función. En contraposición a su acogida a los palestinos y apoyo a Hizbollah en sus batallas con Israel, aparece la alianza del régimen con las fuerzas cristianas de derechas durante la guerra civil del Líbano y la masacre de palestinos en Tel Zaatar en 1976, así como su cooperación con Occidente durante la guerra contra el terror.

Los autores mantienen el optimismo en que, a pesar de los reveses y horrores, los activistas exiliados tienen aún coraje para reanudar su revolución democrática. “Hay razones para confiar en que cuando las bombas dejen finalmente de caer, cuando los controles del régimen y del EI ya no amenacen más con la muerte, el pueblo sirio regresará y hará oír de nuevo su voz por un futuro mejor”.

Sólo cabe esperar que así sea.

Joe Gill ha vivido y trabajado como periodista en Omán, Londres, Venezuela y EE.UU. en periódicos como el Financial Times, Brand Republic, Morning Star and Caracas Daily Journal. Tiene un máster en Economía Mundial por la London School of Economics. Es subeditor jefe del Middle East Eye.

Fuente: http://www.middleeasteye.net/in-depth/reviews/review-burning-country-287752950

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Anuncios