Autora: Erin Kilbride  | Traducción: Carlos Pérez Barranco

Original en inglés:  New Internationalist | Marzo de 2017

Ha sido atacado repetidamente por varias partes del conflicto sirio, pero Abdullah Al Khateeb no ve ninguna razón para abandonar su trabajo. El activista palestino-sirio habla con Erin Kilbride.

Abdullah Al Khateeb no puede creer que los periodistas nunca le pregunten por su vida sentimental. Cuando lo entrevisté el mediodía de un lunes, él ya había hablado con seis periódicos esa semana sobre su trabajo de defensa de derechos humanos en el campamento de refugiados de Yarmuk en Siria. Dice que en todas sus conversaciones sobre la guerra, los derechos de los palestinos, las amenazas de muerte y su activismo actual, ni una vez nadie le preguntó si tenía pareja.

Es siempre pregunta, respuesta, pregunta, respuesta. Nadie parece preocuparse si tengo a alguien a quien amar”, dice al final de nuestra conversación.

Es fácil entender por qué los periodistas se olvidan de preguntarle por su vida personal, dado el drama que le rodea. En 2014 y 2015, cuando Yarmuk fue sometido a asedio, el defensor de los derechos humanos palestino Abdullah se convirtió en una de las principales fuentes de información para los medios de comunicación, grupos de derechos humanos y trabajadores humanitarios desesperados por recibir noticias de los 150.000 residentes al borde la inanición.

Sin embargo, muchos años antes —antes de que comenzara la guerra civil siria, de que apareciera EI y el mundo se interesara por Yarmuk— Abdullah ya era conocido en todo el campamento como uno de los muchos jóvenes activistas comprometidos por mantener viva la comunidad palestina en Siria.

Ahora, con 27 años de edad, señala su entrada en el club de fútbol juvenil palestino, con nueve años, como el punto de partida de su activismo. Cuando un pueblo es perseguido sólo por existir, dice, cualquier cosa que fomente la comunidad es un acto de resistencia.

A continuación, fundó varias organizaciones de desarrollo juvenil, entrenó a equipos locales de fútbol, ​​se unió a convoyes de ayuda internacional distribuyendo alimentos en su vecindario y escribió informes sobre derechos humanos cuando a los observadores internacionales se les impedía llegar al campamento.

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Copyright: Front Line Defenders

Siendo uno de los primeros partidarios de la revolución contra el régimen de Bashar al-Assad, el activismo de Abdullah casi le ha costado la vida más de una vez. Ha sido atacado repetidamente tanto por grupos armados gubernamentales como por grupos no estatales, entre ellos el Frente Al-Nusra y el Estado Islámico.

En las mezquitas de Damasco, los miembros de EI han emprendido una campaña en su contra, acusando a Abdullah de blasfemia y de dirigir “proyectos seculares impíos”. En abril de 2015, cuando Yarmuk estaba casi totalmente controlado por EI, la milicia irrumpió en su casa. Abdullah logró escapar de la captura. Era el segundo secuestro fallido en menos de dos meses.

En julio de 2016, sobrevivió a un intento de asesinato. Estado Islámico más tarde reivindicó la responsabilidad del ataque, que lo dejó en estado crítico después de haber recibido un disparo en el pecho. Se ha estado ocultando desde entonces.

Sus problemas no se limitan a EI. Menos de un mes después de recibir los disparos, Abdullah recibió una notificación para presentarse ante la Comisión Islámica Local de Yalda, una ciudad rebelde ubicada al oeste del campamento, donde las autoridades se habían ofendido porque él “enseñaba a nadar a las niñas” en un programa infantil en Yarmuk .

Los grupos violentos y opresivos están tratando de acabar con los defensores de derechos humanos como Abdullah en Yarmuk y en todo el país, por su trabajo pacífico para proteger y nutrir a las comunidades, y exigir responsabilidades para los asesinos.

Cuando el campamento de Yarmuk fue sitiado y su gente se moría de hambre, Abdullah organizó proyectos de agricultura comunitaria para producir más alimentos. Cuando los grupos militantes reclutaron a niños soldados, conectó a sus familias con el apoyo psicosocial. Cuando las organizaciones de derechos no pudieron entrar en Yarmuk para documentar la brutalidad del EI, Abdullah se quedó para enviar fotos, clips de audio e informes a los periodistas internacionales.

Cuando se le preguntó cómo desarrolló las habilidades que ha desplegado durante casi 20 años de activismo en Yarmuk, Abdullah dice simplemente: “Somos palestinos. Se nos da muy bien sobrevivir”.

La mayoría de las decenas de miles de residentes de Yarmuk son descendientes de palestinos forzados a abandonar sus hogares en la guerra de 1948 por la fundación de Israel. Desde el comienzo de la guerra civil siria, Yarmuk ha sido golpeado por una serie de bombardeos, asedios y ataques químicos que obligaron a estos refugiados palestinos de segunda y tercera generación a huir una vez más.

Hoy en día, en los campamentos improvisados ​​de refugiados dispersos por toda Europa, por lo general se puede detectar a los palestinos incluso antes de escuchar sus acentos. Son los que instalan puntos de recarga de móviles en los campamentos de Grecia, y envían a sus sobrinos a cobrar una pequeña cuota.

También son unos fenomenales activistas.

Cuando te preocupas por la gente”, dice Abdullah, “tu responsabilidad es total. Si no hay nadie para limpiar las carreteras, tú limpias las carreteras. Si no hay nadie para apagar el fuego cuando estalla la bomba, apagas el fuego. Si no hay nadie para escribir sobre el peligro que vive la gente, debes aprender a escribir un informe. Ésta es nuestra responsabilidad. Es una responsabilidad revolucionaria, una responsabilidad religiosa, una responsabilidad nacional“.

A Abdullah se le ocurren muchas cosas que preferiría hacer antes que ser activista. Le encanta enseñar y dice que cuando mejor se lo pasa es entrenando en la liga de fútbol juvenil de Yarmuk.

El trabajo de ayuda humanitaria rara vez es divertido, y rara vez glamuroso, dice. La distribución de alimentos es un trabajo duro y frío, especialmente en los inviernos sirios. Y tiendes a ser el blanco de las iras cuando eres tú quien decide qué familia recibe el arroz.

Abdullah dice que en Siria -y en muchas zonas de guerra, sospecha- la distinción entre activismo y trabajo de ayuda humanitaria se ha evaporado. “Es difícil”, dice. “No se puede decir, ‘no, no lo haré porque es humanitario y no es un trabajo de derechos humanos’. Tienes que estar preparado para hacer de todo y si no lo estás, no deberías ser activista“.

Si el gobierno o un grupo armado quiere que los civiles se mueran de hambre, el trabajador humanitario que los alimenta se convierte rápidamente en el activista más famoso del campo. Cuando EI ocupó Yarmuk en 2015, pasó menos de un año hasta que el grupo pidiera abiertamente el asesinato de Abdullah. Él cree que esto tenía tanto que ver con su trabajo en programas comunitarios de alimentos, como con su labor de enlace con los medios de comunicación extranjeros.

Abdullah quiere subrayar que es uno de muchos, muchos otros. Durante seis años, los activistas sirios han proporcionado los relatos más perspicaces y críticos sobre la guerra y las violaciones de derechos humanos que ocurren en el país, a menudo con gran riesgo personal. Han sido detenidos, torturados, desaparecidos y asesinados por su trabajo. En las comunidades sitiadas y en los países en guerra, estos defensores de derechos humanos desempeñan un papel aún más crítico y salvador de vidas.

A medida que las tropas gubernamentales iban ocupando las últimas zonas de Alepo a finales de 2016, los defensores de derechos humanos todavía se encontraban allí dividiendo su tiempo entre desenterrar a los niños de los escombros, coordinar la atención médica y grabar mensajes de voz para los periodistas sobre el bombardeo en curso.

Ellos, como Abdullah, eran activistas, trabajadores humanitarios, corresponsales de guerra y voluntarios de la comunidad. Ellos dieron testimonio de las violaciones perpetradas en Alepo, como única fuente de información creíble para las Naciones Unidas, organizaciones de ayuda externa, grupos de derechos internacionales y medios de comunicación.

Siguieron informando a pesar de la acumulación de asuntos que reclamaban su tiempo y que a veces amenazaban su vida, y la creciente evidencia de que cada entrevista los ponía en mayor riesgo de captura.

Abdullah pone la diferencia de esperanza de vida entre un activista de alto perfil, en riesgo y alguien que trata de vivir lo más tranquilamente posible, en unos 50 años.

Reconoce que los diferentes grupos que tratan de matarlo podrían tener éxito al final, pero no ve esto como una razón lógica o convincente para abandonar su trabajo.

“Ya sea hoy, o dentro de 100 años, muertos de todos modos todos los habitantes del planeta estarán. Así que lo único que podemos hacer es tratar de mejorarlo para otras personas mientras sigamos aquí”.

 

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