Este relato de Lilas Hashem fue publicado originalmente en árabe en Syria Stories, donde también puede encontrarse su traducción al inglés. Lo publicamos y traducimos aquí como parte de un acuerdo entre Syrian Stories y Flores en Daraya.

Autora: Lilas Hashem [desde la campiña de Idlib. 23/2/2017]

Cuando me mudé a mi casa nueva vino a visitarme mi vecina Hamsa, de 26 años. Me contó la historia de su vida y escuché con paciencia su relato de sufrimiento.

Tras haber suspendido sus exámenes en tercer grado, un joven llamado Amer le propuso matrimonio. Su familia aceptó y se casaron seis meses más tarde.

Amer trabajaba en una fábrica local de hormigón y la pareja alquiló una pequeña casa. Tenían una vida sencilla. Hamsa quedó embarazada y dio a luz a su primera hija el 28 de enero de 2010. La llamó Rayan. Después daría a luz a su segunda hija, Rajaa, el 20 de marzo de 2011.

Cuando la revolución empezó, su situación comenzó a deteriorarse. La fábrica de hormigón cerró, así que se vieron forzados a abandonar su hogar y mudarse a la casa de los padres de Amer.

Hamsa no se quejó porque quería permanecer con sus hijas, pero odiaba vivir con sus suegros.

Decidió levantar su ánimo retomando sus estudios de bachiller, y también participó en concurso del Ministerio de Educación que podría resultar en un empleo.

El 26 de marzo de 2013 ganó el concurso y quedó a la espera de un empleo. Habiendo aprobado el bachillerato, también se matriculó para estudiar derecho al otoño siguiente, pero no pudo completar sus estudios debido a la falta de dinero.

Su sufrimiento comenzó verdaderamente cuando su marido le dijo que se había unido a los shabiha, las milicias del régimen. Cuando Hamsa se opuso, la golpeó y amenazó con divorciarse. Pero, por sus hijas, ella sintió que debía permanecer con él.

Lo que la consolaba era que comenzó a trabajar como asistente en una escuela. Estaba a cargo de las labores del hogar y de los gastos mientras que su marido no movía un dedo.

La situación siguió así durante dos años. Había pasado de estudiante de derecho a simple asistente en una escuela.

Entonces comenzó la batalla por la liberación de Idlib. Hamsa estaba muerta de miedo, siendo mujer de un miembro de los shabiha, ¿qué podría ocurrirles a ella y a sus hijas?

Cuando la batalla se aguidizó, Amer llevó a su mujer, a sus hijas y a sus padres a un sótano en una zona segura. Sobrevivieron durante tres días con muy poca comida. El sótano estaba lleno de gente de los shabiha y sus familias.

Cuando empezó a escasear la comida, Hamsa buscó migajas de pan duro que humedecer con agua para alimentar a sus hijas hambrientas.

El 28 de marzo de 2015 – el día de la liberación de Idlib – Hamsa se despertó para encontrarse sola con las niñas.

Su marido se había marchado en una misión shabiha y el resto de las familias del sótano se habían ido. Los padres de Amer, a los que nunca les había gustado Hamsa, la habían abandonado.

Pocas horas más tarde, un tiempo que pareció una eternidad, Amer volvió y llevó a Hamsa y a las niñas a través del bombardeo hasta la ciudad de Jericó, donde una vez más se encontraron en medio de la batalla y el asedio.

Hamsa tuvo que vender los pendientes de sus hijas para comprar comida y crédito para llamar a sus parientes. Se enteró de que su familia estaba en Alepo, en casa de su hermana Faten, así que decidió llevar allí a su marido y a sus hijas.

Como no tenía dinero suficiente para viajar, Faten le envió 10,000 unidades de crédito telefónico que vendió para pagar el transporte. El transporte se había vuelto mucho más caro debido a las condiciones de seguridad.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Tras quedarse con Faten en Alepo durante un tiempo, Hamsa consiguió encontrar una habitación que alquilar junto con otra familia. Amer cayó en una banda y comenzó a fumar cannabis y a consumir drogas.

Para Hamsa, eso fue la gota que colmó el vaso, especialmente cuando Amer comenzó a golpearla y a humillarla de nuevo.

Le pidió el divorció y Amer aceptó, pero insistió en quedarse con la custodia de las dos niñas. Fue Hamsa, finalmente, la que pagó el precio.

Hamsa se fue a vivir con sus padres cuando volvieron de Idlib.

Amer permaneció en los shabiha y se casó con una mujer que también era activista pro-régimen.

Hamsa se entero algo después de que Amer estaba pegando a su hija Rayan, que ya tenía siete años, y a Rajaa, de seis. Golpeó tan fuertemente a Rayan que le rompió las costillas y le causó una contusión.

Entonces, como su nueva mujer no quería a las niñas por casa, se las dio a sus padres para que las criaran.

Mi triste vecina Hamsa no sabe si volverá a ver a sus hijas o si tendrá la oportunidad de abrazarlas de nuevo.

Lilas Hachem, de 31 años, es madre de dos niños y escapó al Líbano con su marido cuando las fuerzas del régimen entraron en Idlib. Volvió hace ocho meses a la zona rural de Idlib y finalmente a su hogar, cuando la ciudad pasó a manos de la oposición. 


Foto: Seminario organizado en el Centro Mazaya, en Kafranbel, Idlib, 24/10/2016 [página de Facebook de Mazaya Center]

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