Autora: Leila Al Shami  | Traducción: Jessica Buendia

Original en inglés: Blog del Leila Al Shami 4/08/2017

Perdonar (Verbo):

  • Dejar de sentirse enojado o resentido hacia (alguien) por una ofensa, un defecto o un error.
  • No sentirse enojado o no querer castigar (una ofensa, un defecto, o un error).

[Diccionario Oxford en línea]

Durante seis años Assad ha emprendido una campaña de exterminio contra un pueblo que se levantó por la libertad. Sus crímenes han sido tan bien documentados, tanto por testimonios como por pruebas fotográficas, que la comunidad internacional no tiene la menor duda de que este hombre y su régimen han perpetrado atrocidades a tal escala que constituyen crímenes contra la humanidad.

Sin embargo, hoy en día hay pocas voces dentro de la comunidad internacional que pidan la salida de Assad. La atención se centra ahora en la preservación del régimen, la “estabilidad” y la “guerra contra el terror” en continua expansión. Parece que los crímenes del tirano pueden ser perdonados, olvidados, borrados de la historia. Que puede mantener el trono por el cual destruyó un país.

No debería sorprendernos que los que están en el poder protejan los intereses de los poderosos. O que nunca haya habido ningún apoyo real a un movimiento popular que puso a un estado de rodillas. Incluso aquellos “amigos de Siria”, que gastaron millones en sus conferencias de cinco estrellas mientras el país estaba en llamas, sólo les motivaban sus propios intereses y agendas. Bienvenidos al teatro del absurdo.

Pero perdonar y olvidar, son lujos no concedidos a aquellos que lo han perdido todo. Es mucho más fácil ser un “observador neutral” desde el exterior. Para millones de sirios y sirias, lo político es personal y las heridas de guerra no serán sanarán fácilmente. Las memorias forjadas por el dolor no se borran tan fácilmente.

Olvidáis. La brutalidad de este régimen no comenzó en 2011. El Estado totalitario fue fundado por Assad père. Fue él quien construyó el Reino del Silencio y el Terror donde todos los disidentes fueron aplastados sin piedad. Miles de opositores políticos desaparecieron en el gulag sirio. Muchos nunca salieron. Aquellos que lo hacían eran a menudo una cáscara de sus antiguos seres, fantasmas entre los vivos, rotos por la tortura, por el horror. Y luego está Hama, la ciudad arrasada en 1982 para sofocar una insurgencia. Miles de personas – principalmente civiles – perdieron la vida a manos del ejército de Assad. La crueldad de esta represión mantuvo a los sirios en silencio, humillados, hasta que Mohamed Bouazizi -un tunecino- encendió las esperanzas de una nueva generación.

Cuando Bashar heredó la dictadura de su padre poco cambió excepto la cosmética del discurso. “Modernización” y “desarrollo” eran las nuevas palabras de moda, pero el régimen mantuvo a las personas empobrecidas política, económica y culturalmente. Las reformas neoliberales de Bashar beneficiaron a la clase capitalista compinche, que acumuló su riqueza a través de conexiones y corrupción, saqueando y saqueando un país que ellos veían como su propio feudo personal, guardando un perpetuo desprecio hacia las masas. Bashar no deseaba reformar la naturaleza fascista del estado sirio. El encarcelamiento de los críticos del régimen, la tortura y las desapariciones forzadas seguían siendo la norma. Los sirios no lo olvidarán.

La revolución fomentó grandes esperanzas de cambio. Y esas esperanzas fueron aplastadas y destrozadas en un millón de pedazos reflejando los fragmentos de una nación sangrante que descendió al caos y a la guerra. Las barbaries del régimen – y las barbaries nuevas- se desataron en una escala que nadie podría haber predicho y nadie podía contener. Y, con la aquiescencia de la comunidad internacional hacia los crímenes del régimen sirio, se han normalizado los niveles obscenos de violencia infligidos por un estado contra ciudadanos rebeldes. Las ramificaciones impactarán no sólo a los sirios, sino a todos.

¿Qué aspecto tiene el perdón para una madre que ha sacado a su hijo – pieza por pieza ensangrentada – de las ruinas de su casa en llamas? ¿Cómo es el perdón para aquellos que se esforzaron por identificar el cadáver torturado de un ser querido? Para aquellos que ahora vivirán una vida de pobreza y exilio, separados de su patria, sus recuerdos y sus sueños ¿El olvido vendrá fácilmente? ¿O les consumirán el dolor, la rabia y el deseo de venganza?

Los amigos y los héroes que ya no están aquí nos atormentan en sueños. ¿Cuáles fueron sus pensamientos cuando estaban a punto de morir? ¿Se arrepintieron de atreverse a soñar que lo imposible era posible? ¿Lloraron por sus madres cuando sus cuerpos fueron atormentados por el dolor y echados a un lado? ¿Cómo se sintieron al ser brutalizados – transformados de un ser humano – con todas sus esperanzas y temores – en otra estadística más? ¿Es posible perdonar, olvidar?

Hay una cosa que une a todos los sirios y sirias, independientemente de sus opiniones políticas: una sensación de inmenso dolor y pérdida. Y sin duda algún elemento de perdón será necesario para sanar las heridas de una nación fracturada. Pero es difícil ver cómo el país puede avanzar cuando el hombre y el régimen responsables de este horror permanecen en su puesto. Los líderes políticos que presidieron y dirigieron este descenso a la barbarie deben ser responsabilizados por sus crímenes. Como dice la consigna, “sin justicia, no hay paz”.

 

 

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